De Bolivia a Chile: Volcanes, géiseres y desiertos

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23 de septiembre de 2017. Eran las 5:00 de la mañana cuando nos despertamos para continuar atravesando el camino, que entre lagunas altiplánicas, volcanes inactivos, géiseres y mucha sal, nos conduciría a San Pedro de Atacama en Chile.

Fumarolas que brotan del suelo: Los géiseres del Sol de Mañana

Muy puntuales, nos levantamos de las heladas camas -a pesar de las 10 cobijas con las que dormimos la noche anterior- y fuimos al comedor para tomar nuestro abundante desayuno. Creo que en todo el viaje nunca comimos tan bien como esos tres días de tour por la región de Uyuni. Así que, como costumbre cuando viene el desayuno incluido, comimos mucho y muy bien, pues no teníamos certeza a qué hora tomaríamos nuestra próxima comida.

Luego de recargar nuestros estómagos, empacamos lo poco o nada que sacamos de nuestras mochilas, las montamos de nuevo al Land Cruiser y partimos rumbo los géiseres del Sol de Mañana. Al llegar al lugar, las primeras luces del día apenas se asomaban entre las cortinas de vapor que los géiseres formaban.

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Uno de los géiseres más grandes en la región Sol de Mañana, Bolivia.

Eran tantos géiseres en un sólo lugar que el ambiente se sentía realmente de otro mundo… vapor saliendo de todos lados invadiendo tu visión, en medio de un desierto inhabitado, formando un escenario donde parece que aun estás durmiendo; pero no, pues el marcado olor a azufre te trae pronto de vuelta a la realidad.

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Paseando por las olorosas columnas de vapor.

Luego de permanecer allí una media hora, intentando todas nuestras mejores poses y sacándole provecho al contraste de las luces del amanecer con los vapores, nuestro guía nos indicó que debíamos regresar al Land Cruiser para continuar con el itinerario. Próxima parada: Las aguas termales de Polques.

Un baño caliente en medio del frío altiplánico: Las termales de Polques

15 minutos después estábamos llegando a las populares y concurridas aguas termales de Polques. «Pueden tomar un baño, si quieren»- nos decía el guía. Mirábamos a los valientes que se animaban a ponerse su traje de baño, en medio de un frio penetrante, para disfrutar de un baño entre las cálidas aguas de las termales.

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Algunos turistas disfrutando de las cálidas aguas de las termales de Polques.

Nosotros, inseguros de la situación, sólo nos preguntábamos ¿Será que nos sumergimos? El asunto fue que, a pesar que los vapores de las termales te invitaban a sumergirte en sus aguas, pudo más el frío y la comodidad de estar bien secos en medio de ese ambiente, que las ganas de relajarnos dentro de las termales.

Sin embargo, y a pesar de no habernos sumergido en las termales de Polques, disfrutamos de un increíble paisaje que nunca he visto en ningún otro lugar.

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El amanecer en las termales de Polques.

Así que nuestra parada en ese punto no demoró mucho, un par de fotos después ya estábamos de vuelta en el Land Cruiser y camino hacia nuestra últimas paradas en Bolivia: El desierto Salvador Dalí, la laguna Verde y la Laguna Blanca, situadas a los pies del volcán Licancabur, que marca la frontera natural entre Bolivia y Chile.

Paisajes sacados de una obra de arte: El desierto Salvador Dalí

En cuanto nos dirigíamos a la Laguna Verde y la Laguna Blanca, nuestro guía aprovechó los minutos que ganamos en las termales para mostrarnos un paisaje de postal del imponente desierto Salvador Dalí –que, aunque nombrado en honor al artista español por la similitud de sus obras con los paisajes que aquí se encuentran, el mismo Dalí nunca conoció este lugar-.

El desierto Salvador Dalí tiene algo particular; la uniformidad del suelo de tierra y arena se ve interrumpida por las montañas que forman parte de la cordillera de los Andes… Enormes e imponentes picos, algunos de ellos nevados, junto con los colores rojizos de la tierra y las enormes rocas que yacen tranquilas en el suelo, crean un paisaje onírico que se disfruta mucho mejor en soledad, justo como nos tocó en ese momento.

El silencio, interrumpido solamente por el sonido de las fuertes corrientes de viento, termina de completar un cuadro mágico.

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En el desierto Salvador Dalí.

El Volcán Licancabur: La frontera entre Bolivia y Chile

Luego del desierto de Dalí, nos dirigimos inmediatamente a nuestra última parada, muy cerca del puesto fronterizo entre Bolivia y Chile. Al llegar, nos encontramos de frente con un paisaje formado por el poderoso volcán Licancabur y dos lagunas de distintas propiedades.

El volcán Licancabur –que significa Montaña del Pueblo en lengua kunza- es un volcán nevado inactivo de 5.916 metros de altura, parte de la Cordillera de los Andes. Lo curioso es que, a pesar de su inhospitalidad, en tiempos incaicos servía de lugar para la realización de ceremonias y rituales sagrados, así que el volcán no es sólo un punto de interés turístico, sino arqueológico y antropológico.

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La Laguna Verde en primer plano, al fondo el imponente y majestuoso volcán Licancabur.

En su base se ve la Laguna Verde, que adquiere sus tonos verdosos gracias al contacto con los minerales volcánicos como magnesio, carbonato de calcio, plomo y arsénico. Conectada a la Laguna Blanca por un estrecho canal, este punto de la Reserva Nacional Eduardo Abaroa se convierte en uno de los más visitados y fotografiados por todos los viajeros que llegan hasta aquí.

Sin duda alguna, este paisaje lleno de todos los colores es imponente, por cualquier ángulo que lo mires te llenará los ojos con su majestuosidad. No tomamos tantas fotos como quisiera, uno porque estaba embelesada ante el paisaje, y dos, porque en menos de nada, el guía nos indicó que debíamos seguir el camino hacia el puesto migratorio.

Prueba a la paciencia en el paso fronterizo Portezuelo del Cajón

Luego de tres mágicos y fríos días en el Land Cruiser, nuestro guía finalmente nos llevó a la última parada. Atrás dejamos a la pareja de bolivianos con la que habíamos compartido el viaje, y continuamos con los dos brasileros hacia San Pedro de Atacama, Chile. Nos despedimos de todos y les deseamos lo mejor en el viaje de regreso.

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Esperando nuestro turno para sellar los pasaportes en el paso Hito Cajón entre Bolivia y Chile.

Eran más o menos las 10:00 de la mañana en el paso Hito Cajón, ubicado a 4.480 metros de altura, y allí tuvimos que hacer una enorme fila, pues como nosotros, habían muchos turistas esperando el sello de salida para poder cruzar con todos los papeles en orden. Para mi sorpresa, en la oficina boliviana nos cobraron $15 bolivianos a cada uno para poder cruzar, sin más remedio los pagamos y nos dirigimos al bus en espera de que este llenara su cupo y partir rumbo a San Pedro.

Una media hora después, finalmente pudimos partir. El viaje fue corto, y al estar cerca de la oficina chilena de migración, fuimos sorprendidos por una fila de carros y mini buses, aún más grande que la que hicimos del lado boliviano. Ahí, muchos optaron por bajar del bus y caminar un poco. Nosotros aprovechamos para ir a los baños, que debo decir, ha sido uno de los peores que he visto –y eso que he estado en muchos baños terribles-.

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A un paso de estar en suelo chileno.

3 horas y 40 minutos después fue nuestro turno de pasar por la oficina de migración. Tras unas cortas preguntas sobre el motivo y el tiempo de estadía, y luego de una revisión a nuestras mochilas con rayos x –donde los policías se intrigaron por los chocolates sucreños que llevábamos- nos colocaron nuestro sello de ingreso al pasaporte y finalmente pudimos pasar.

El mini bus nos dejó muy cerca del centro de San Pedro de Atacama, allí nos despedimos de nuestros amigos brasileños y empezamos nuestra clásica búsqueda de hospedaje.

Llegamos a San Pedro de Atacama

En San Pedro de Atacama las opciones de alojamiento son incontables; luego de caminar y hacer un primer escaneo sobre nuestras opciones, dimos con un hostal muy agradable y con un excelente precio, incluso mejor que muchas opciones de camping -que era nuestra opción inicial-.

Así que decidimos quedarnos ahí la primera noche, en el Hostal El Edén: un hostal amplísimo, de ambiente campestre y rústico, en una habitación con dos camas sencillas, duchas exteriores con agua caliente, una cocina grande y muchos espacios al aire libre, donde veíamos a muchos viajeros descansar o leer.

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Una de las áreas abiertas del hostal.

En cuanto descargamos nuestras mochilas y tomamos un baño después de dos días, salimos a pasear por el pueblo, y por suerte del destino, nos encontramos con una agencia de turismo que parecía diferente a las demás, y en efecto lo era. Con la Asociación Indígena Nación Lican-Antay hicimos nuestro tour astronómico esa misma noche.

Historias bajo el cielo estrellado en el Valle de la Luna

A las 9:00 de la noche partimos del punto señalado hacia el Valle de la Luna para recorrer unas cavernas antiguas, que datan desde la época de los indígenas Lickanantay. Allí, dentro de una de las cavernas, un miembro de la comunidad, y nuestro guía por esa noche, nos contó algunas historias de su pueblo, mientras nos mostraba los elementos con los que hacían rapé, usado en rituales y reuniones.

De allí, seguimos por el camino que nos marcaba el guía, pasando agachados o trepando por los muros de piedra, hasta llegar a un punto alto desde el cual podíamos ver la inmensidad del desierto.

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Nuestro guía era miembro de la comunidad indígena Licanantay. Aquí nos mostraba el camino a seguir.

Aprovechando la noche despejada, el guía nos mostraba las constelaciones de su tradición con un puntero láser. Fue una experiencia realmente valiosa, pues me sentí parte de ese momento y de la comunidad, recibiendo una clase de conocimiento ancestral, que por fortuna, aún sigue vivo gracias al trabajo de la Asociación Nación Lican-Antay.

Minutos después volvimos a la base, cerca a la van, donde ayudamos a preparar la mesa para compartir unos snacks con los demás viajeros. Brindamos con un pisco chileno y esperamos a que el astrónomo, esta vez de herencia occidental, llegara con su telescopio para mostrarnos algunas de las maravillas del cielo nocturno.

Acabando nuestro snack, el astrónomo llegó con su equipo; por su parte nos mostró las constelaciones clásicas, conocidas por todos, como la de Piscis -mi signo zodiacal-. Algo que realmente se quedó en mi mente fue la imagen de los anillos de Saturno, que pudimos ver gracias al telescopio, y con el cual también pudimos ver a Marte, Júpiter, e incluso, tuvimos tiempo para ver directamente un cúmulo de estrellas de la Vía Láctea.

Nuestro tour terminó cuando pagamos $10 pesos chilenos para tomarnos una foto, con un brazo de la Vía Láctea como telón de fondo… La técnica es fascinante, debes permanecer inmóvil por 30 segundos mientras la cámara capta toda la luz que irradian las estrellas. El resultado es increíble.

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En el próximo relato te hablaré sobre las demás excursiones que realizamos en San Pedro de Atacama. ¿Quieres leer la continuación de este relato? Lo tendrás muy pronto en mi blog.


Si te gustó este relato déjamelo saber en los comentarios. No olvides enviarme cualquier pregunta que tengas sobre este destino, y compartir este post con tus amigos viajeros. ¡Vamos a recorrer el mundo juntos!

Autora del blog de viajes Relatos del Movimiento. Apasionada por las batucadas, la comida y las buenas historias. Sígueme en mi instagram @tatiana.foru

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