EN BUSCA DEL PACÍFICO: UN VIAJE DESDE LA SIERRA HASTA LA COSTA ECUATORIANA

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21 de agosto de 2017. Pasar una noche plácida bajo las estrellas nos conduce sin esfuerzo a una mañana que promete un día movido. La laguna del volcán Quilotoa nos cobijó y ahora nos despedía, no sin antes subir por su empinada ladera, para llevarnos de la Sierra a la Costa Ecuatoriana. El destino: Conocer el Océano Pacífico.


En el capítulo anterior: Del Cotopaxi al Quilotoa en un día.


La «rutina» del viajero

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Recuerdo esa mañana despejada que enverdecía las aguas de la laguna Quilotoa. Como cada mañana, revisábamos nuestras mochilas buscando lo que nos quedaba del pan y el jugo que acostumbramos cargar con nosotros desde lo que nos ocurrió en Otavalo.

Tan bien desayunados como nos permitían las circunstancias, cumplimos con la “rutina” del viajero: acomodamos las cosas dentro de nuestra mochila, limpiamos la carpa, la desarmamos y la guardamos.

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Así, comenzamos la subida para salir del cráter del volcán, lamentando cada paso en que veíamos como algunos turistas colocaban sus pesados traseros sobre los lomos de pequeños burros malnutridos que les ayudaban con la subida. ¿Para eso viajan?, me preguntaba…

En fin, cargando nuestras mochilas y compartiendo la subida nuestro ángel guardián que tomó forma de un tierno perrito, conseguimos llegar al caserío, tomar un carro compartido de vuelta a Zimbahua, almorzar lo suficiente para calmar el hambre y sentarnos en el andén de la carretera principal para esperar el siguiente bus; el # 8 de esta travesía.

¡¿Anocheció ya?!

Tomamos el bus hacia Quevedo alrededor de las 2:11 de la tarde por US$3.5. Caí en mi sueño -que ya saben que no puedo evitar cada vez que siento el meneo de los vehículos sobre la carretera- y llegamos sobre las 6 p.m.

Ese día, tan ansioso como estaba de comenzar cuando nos mostró un cielo despejado en Quilotoa, terminó en cuestión de un parpadeo: a las 6 p.m. ya el sol se había ido y sin despedirse.

Estábamos en una ciudad llamada Portoviejo.

Lo esencial es invisible desde la recepción de un hotel

Por fortuna, a pocas calles del terminal de transportes hay muchos hoteles. Nosotros, cada vez mejorando en esto, nos separamos y preguntamos en varios hoteles cuánto costaba pasar la noche en sus suaves y limpias camas. ¡Ya verán lo malo que es hacerse expectativas!

Como no podía ser de otra forma, nos decantamos por la opción más económica. La verdad es que el lugar se veía bastante bien, por lo menos desde la recepción. Así nos imaginábamos que iban a estar las habitaciones.

Pues no.

Ojalá tuviera una foto del lugar para que me entiendan… Una cama con sábanas sucias, un ventilador que funcionaba a media potencia, un televisor dañado y mejor ni hablemos del baño.

De esta forma nos recibió Portoviejo.

Sin embargo, si soy sincera, un viajero cansado agradece cualquier clase de superficie donde pueda descansar su cabeza. Entonces descargamos las mochilas y cerré mis ojos con ilusiones sobre el nuevo día.

Y… ¿qué hay en Portoviejo?

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La luz del sol cambia el panorama. Quizás por su energía cósmica, por las atribuciones simbólicas que ha recibido desde nuestra humanidad o por la sensación de vitalidad que genera el contacto de sus rayos con nuestra piel, el sol de Portoviejo me dejó un buen sabor de boca.

El 22 de agosto fue un día caliente. Bajo el sol caminamos por la que supongo era una de las calles principales de la ciudad, pues entre los carriles que conducían carros en direcciones opuestas, había un bulevar con decenas de monumentos y comercios a lado y lado de la calle.

En ese momento no sabíamos, pero resulta ser que Portoviejo es una de las ciudades más importantes de Ecuador. De hecho, es capital de la provincia de Manabí. Como toda ciudad, es bastante movida y para nuestro viaje, fue una inesperada parada que nos ayudó a abastecernos de comida para llegar a nuestro destino.

Buscando el Pacífico

Al medio día tomamos el bus que nos llevaría a conocer el extenso Océano Pacífico en la ciudad de Manta. Una hora y treinta minutos después lo habíamos conseguido.

El sonido de las olas chocando entre ellas y contra la arena nos guiaba, ayudado por el olor a sal y los fuertes vientos que presagiaban nuestra cercanía a la playa.

Se divisaba un horizonte azul interminable entre el brillo de los rayos que nos acompañaban ese día y caminamos sobre arena color café para dejar que las olas del Pacífico bañaran nuestros pies con su delicado poder.

¡Llegamos a la costa ecuatoriana!
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Continúa la aventura: Una pausa en Manta y Montañita


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Autora del blog de viajes Relatos del Movimiento. Apasionada por las batucadas, la comida y las buenas historias. Sígueme en mi instagram @tatiana.foru

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