DE LA CUMBRE DEL COTOPAXI AL CRÁTER DEL QUILOTOA EN UN DÍA

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20 de agosto de 2019. La vida del viajero es, en muchas ocasiones, impredecible. ¿Cómo saber que en un mismo día íbamos a subir a los 4.864 msnm de la cumbre nevada del Cotopaxi, y esa misma noche estar montando la carpa en el cráter del volcán Quilotoa bajo una de las noches más estrelladas del viaje y de mi vida?

Esas son las sorpresas que da la ruta, y que hoy compartiré contigo con la esperanza de animarte, y también en un deseo algo egocéntrico de recordar un día increíble del #MochilazoPorLosAndes.


En el capítulo anterior: Perdidos en la Cascada de Peguche.


Mochilas cargadas y en busca del primer bus

Tras unos días de relativo descanso en la capital ecuatoriana, llenando nuestras retinas con construcciones antiguas y nuestros pulmones con el indeseable esmog, era hora de avanzar y buscar un poco de lo que pretendíamos encontrar en Ecuador: una naturaleza exorbitante.

Así que, con miras a ese objetivo, armamos las mochilas y dejamos el hostal en dirección a la Terminal de Transporte. Por US$2,15 tomamos un bus con destino final en Latacunga. La parada, sin embargo, debía hacerse antes, por eso avisamos al conductor que nuestra intención era descender en la entrada al Cotopaxi.

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La salida de Quito ya deparaba un gran día. El cielo estaba completamente despejado, y toda la cadena montañosa andina se veía desde las ventanillas del bus sin problema. Los primeros rayos de sol se colaban entre las ventanas mientras escuchábamos el ya conocido bullicio de los vendedores en los buses, combinado con el gusto por la música a todo volumen de los conductores de bus.

No pasó mucho tiempo cuando nos avisaron que habíamos llegado. Bajamos del bus, nos colgamos las mochilas, cruzamos el puente que se eleva sobre la Ruta Panamericana -una carretera con dimensiones que nunca habíamos visto en Colombia- y llegamos al puesto de información.

Subiendo el Cotopaxi

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US$25 fue lo que pagamos para que un guía que nos habían recomendado en Quito nos llevara en su camioneta hasta la cima del Cotopaxi.

Este volcán nevado es el sueño de nuestros dibujos infantiles. Tiene una típica y casi perfecta forma piramidal con una cumbre nevada que, infelizmente, cada vez más se retrae solo a la punta por causa del calentamiento global.

Nuestro guía resultó ser muy buen charlador, y nos tenía entretenidos con historias sobre el ecosistema, anécdotas sobre su trabajo y relatos sobre las costumbres andinas como la de beber té de coca para combatir el soroche.

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Luego de unas paradas en una laguna, un par de sorbos al té de coca, una visita a un museo, unos vistazos al Cotopaxi con binoculares y un par de fotos donde nuestro guía sacó sus dotes artísticos, ya estábamos cada vez más cerca de la parte donde debíamos comenzar a caminar. ¡Estábamos emocionados!

Para llegar a los 4.864 metros donde está el Refugio hay dos caminos

El Rompecorazones (860 metros) y el Zigzag (1.500 metros). Como nos gusta exigirnos, fuimos por el rompecorazones con unas cuantas paradas, más por voluntad del guía -que ya tenía sus años encima- que la nuestra.

Los cúmulos de nieve comenzaron a aparecer. Era la primera vez que Diego veía la nieve, y como no podía ser de otra forma, me uní a su diversión y jugamos con la nieve congelada como un par de niños pequeños. El guía solo podía sonreír y esperar a que acabaran los juegos.

Unos cuantos pasos más y ya estábamos en el refugio. Compartimos nuestro sándwich de atún con el guía, tomamos unas cuantas fotos y luego de una instructiva charla, el guía nos recomendó una ruta que no teníamos planeada pero que seguiríamos casi a cabalidad: Quilotoa – Zumbagua – Quevedo – Manta.


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La aventura en bus

Ya eran las 3 de la tarde cuando emprendimos el camino de regreso. Agradecimos a nuestro guía por su atención y su recomendación.

Nos paramos a un lado de la Panamericana, tomamos un bus a Latacunga por US$1 que nos dejó totalmente perdidos en una rotonda. Caminamos un poco para salir de ella cuando escuchamos los gritos “Zumbagua, Zumbagua”. Pagamos otro dólar y subimos rápidamente sin saber mucho qué estaba pasando, más bien confiando que llegaríamos a nuestro destino.

Ese bus nos dejó en un pueblo ya casi anocheciendo. ¿Otra vez nos tomaría la noche por sorpresa como aquella vez en Otavalo, sin un lugar para dormir?

Etapa 2: Conociendo la Quilotoa

Preguntamos si estábamos cerca de la Laguna Quilotoa, y por fortuna, estaban saliendo los últimos carros hacia allá. US$2.5 y ya estábamos en Quilotoa, un pequeño caserío aparentemente todavía en construcción donde preguntamos por el camping.

Resultaba que debíamos descender al cráter del volcán, 1.7 km de descenso con mochilas y sin luz. Los últimos turistas estaban subiendo mientras nosotros bajamos, pero como siempre, todo resultó bien.

Armamos rápidamente la carpa, compartimos nuestro pan con los perritos que estaban por ahí y me dediqué a observar las estrellas reflejadas en la laguna para concluir el día.

En un viaje, a veces no sabemos dónde dormiremos esa noche, por eso agradecer ser arropado por un millón de estrellas y ser arrullado por el sonido calmo del agua es algo por lo que se debe agradecer.


La aventura continúa: En busca del Pacífico: desde la sierra hasta la costa.


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Autora del blog de viajes Relatos del Movimiento. Apasionada por las batucadas, la comida y las buenas historias. Sígueme en mi instagram @tatiana.foru

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