EL DÍA DE LAS 12 HORAS: CONECTANDO GUAYAQUIL Y TRUJILLO EN BUS

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26 de agosto de 2017. Nuestra aventura en Ecuador estaba llegando a su fin. Dejamos atrás caminos que nos condujeron por pueblos ancestrales, la gran metrópolis, cumbres nevadas en la sierra y agitadas playas bañadas por el Pacífico. Pero antes de llegar a suelos peruanos, Guayaquil nos despediría con una tarde pasada por el sol y la creatividad más pura.


Lee el capítulo anterior. Una pausa en las aguas y sal del Pacífico: Manta y Montañita


12 horas de espera en Guayaquil… ¡A inventarnos maromas!

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Nuestra travesía inició al abandonar nuestro hostal en Montañita, la ciudad hippie de las fiestas y el comercio. Tomamos un bus a las 5:50 de la mañana que, luego de 3 horas de recorrer la costa ecuatoriana, nos dejó en Guayaquil.

En ese momento, la Terminal de Transporte no parecía un lugar correcto para pasar las 12 horas que tendríamos que esperar para tomar el bus que nos llevaría a cruzar nuestra segunda frontera, así que decidimos salir a conocer un poco de Guayaquil a pesar de lo que nos dijeron.

¿Y qué sabíamos de Guayaquil? Solo nos habían dicho que la situación de seguridad no era la mejor en ese momento y que era una ciudad donde el sol no deja pieles sin quemar.

No tenemos constancia de lo primero, pero de lo segundo damos completo testimonio. En Guayaquil, o justamente ese día, sentí uno de los soles más abrasadores que he sentido jamás.

Nuestra corta aventura en Guayaquil (de la que no tenemos registro fotográfico) nos mostró una ciudad con tribulación, agitada y caótica. Entre lo que podía ver cuándo el sol me dejaba abrir mis ojos era edificios, cemento, carros y polución.

Aterrizamos rápidamente en el primer centro comercial que vimos porque el calor estaba para asarnos vivos. Luego de recuperar la temperatura que un cuerpo normal debería tener, volvimos a las calles a dejarnos sorprender.

Y vaya sorpresa… ¡El sol estaba cada vez más caliente!

Media vuelta y notamos que el Terminal ya no era ese lugar lúgubre para esperar el tiempo que nos quedaba, podía ser un lindo hogar temporal que nos refugiara de esos rayos que atravesaban nuestra voluntad de caminar.

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Fue allí, en la sala de espera, que comenzamos a dar rienda suelta a nuestra creatividad; contar historias inventadas, formar hombres de pan mientras acabábamos con nuestras reservas de comida, imaginar qué esperaba encontrar cada viajero que estaba en el Terminal al llegar a su destino, reencuentros y despedidas se sumaban al escenario.

Los delirios de mi cansancio acabaron cuando finalmente escuchamos la llamada. Próximo destino: Perú.

12 horas de camino… ¡Y la primera noche en bus!

Al final, cuando recostamos nuestros cansados cuerpos en las sillas del primer bus cama que habíamos tomado en nuestra vida, porque en Colombia nunca vi algo así, sentí que había valido la espera.

Sillas grandes, comida al asiento cual avión de primera clase y hasta televisión. ¿Qué clase de bus era ese?

Luego de comer un arroz con verduras calientito, el hambre voraz apareció. Pero el Universo no nos dejaría desamparados, pues teníamos una suculenta sopa que solo requería agua caliente para comer más. Le pedimos a nuestro «busmozo» un poco de agua y a continuar comiendo.

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Les cuento esto porque del hambre voraz pasamos al sueño plácido, solo interrumpido para hacer el papeleo fronterizo: bajamos del bus, vimos como los oficiales sacaban todas las maletas de la bodega, hicimos la fila a las 2:00 de la mañana, llenamos las hojas de migración y cambiamos los dólares que nos sobraron a soles con uno de los oficiales.

Y sí, como suele pasar cuando unos oficiales de migración te prometen que te están dando la mejor tasa de cambio, al final resultó que no fue tanto así.

Sellos en los pasaportes, soles en el bolsillo, sentidos agudizados, barriga llena y corazón contento. Llegamos a Piura para comenzar nuestra aventura en tierras incas.

Perú nos recibió con brazos abiertos, tal como a nuestros acompañantes del camino.

Recuerdo que cuando bajamos del bus vimos numerosas familias venezolanas compartiendo el desayuno entre ellas, buscando su próximo destino y juntando su dinero para comprar un pasaje que los llevara más cerca de una nueva realidad.

Nosotros, por nuestra parte, aprovechamos que los últimos tiquetes para ir a Trujillo se estaban promocionando como pan caliente desde el Terminal para encaminarnos en esa dirección. Tomamos nuestras cosas y corrimos a ritmos maratónicos para no perderlos.

Cruzando el Perú desértico

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El recuerdo de ese viaje en mi cabeza está nublado… Quizás por el sol, tal vez por la arena levantándose y viajando libre con las corrientes de aire o probablemente por el revuelto en mi cabeza tras estar horas y horas en buses.

Si algo me dejó este viaje es eso, el amor por los medios de transporte -nuevos, viejos, compartidos, solitarios- que nos llevan a lugares lejanos de casa, que nos permiten ver nuevas realidades y aventurarnos a lo desconocido.

Un corto trayecto entre un seco desierto y estábamos en Trujillo. Pero esta historia es para después, porque lo que viene es A-LU-CI-NAN-TE.


La aventura continúa en el siguiente capitulo: Trujillo: Huacas de día, pasajes de noche | Parte 1.


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Autora del blog de viajes Relatos del Movimiento. Apasionada por las batucadas, la comida y las buenas historias. Sígueme en mi instagram @tatiana.foru

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