UNA PAUSA AL BORDE DEL AGUA Y LA SAL DEL PACÍFICO: MANTA Y MONTAÑITA

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22 de agosto de 2017. Llegamos a la costa ecuatoriana, acampamos en la playa, fuimos felices y comimos perdices. Nos esperaban unos días de sol, arena y sal marina en dos ciudades costeras que se volvieron nuestro mantra: Manta y Montañita, Manta y Montañita, Manta y… Montañita. ¿Qué mejor lugar para disfrutar de una pausa?


Lee el capítulo anterior. En Busca del Pacífico: Un viaje desde la sierra hasta la costa ecuatoriana.


Primera parte del mantra, Manta: Ciudad, cemento, música y playa

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En nuestros planes nunca estuvo visitar Manta, de hecho ignorábamos su existencia y ubicación.

Fue por recomendación de nuestro guía en el Cotopaxi que terminamos en una de las urbes «con más proyección» de Ecuador. Por días meditamos sobre la posibilidad de ir, pero al final, si él nos recomendó el destino debía ser por algo, pensamos.

Al llegar a Manta nos encontramos con una gran ciudad, aparentemente en expansión. Grúas gigantes cómo monstruos del avance y el progreso construían enormes hoteles al lado de la playa, que contrastaban con las pequeñas casas que se podían observar cuando nos alejábamos del centro.

No lo sabíamos entonces, pero resulta que Manta es una de las ciudades principales de la Provincia de Manabí, que cada vez atrae a más turistas por sus extensas playas y su tranquilo mar.

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Conseguimos armar nuestra carpa en la parte de atrás de un hotel que quedaba alejado de toda esa modernidad.

Y compartimos por un par de días con un grupo de músicos que estaban recorriendo Sudamérica con su arte.

Evidentemente más acostumbrados a la rutina del viajero, armaron su carpa en un parpadeo y en el siguiente llegaron con bolsas de comida: carne, cervezas y frutas que hacían ver nuestros sandwiches de atún enlatado con jugo una cena para bebés. ¡Cuánto tenía que enseñarnos el camino para aprender a recorrerlo mejor!

En las noches los escuchábamos recibir llamadas para tocar en algunas ciudades aledañas. Y el día que salimos a pasear a una de las principales playas de la ciudad, ahí estaban en el centro del malecón ganándose los dólares con los que financiaban su viaje.

Al disfrutar de algunos acordes y armonías, ese día continuamos nuestro recorrido con un eufórico «¡Nos vemos en el campamento, chicos!».

Ese día caminamos por las playas de Manta, todas distintas entre sí.

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Visitamos una donde los pescadores estaban preparando sus botes para salir a trabajar, otra donde incontables conchitas «masajeaban» mis pies descalzos, otra totalmente atiborrada de pequeños corriendo con sus familias disfrutando de las olas. En Manta hay de todo para todos.

Pero sin dudas, uno de los recuerdos que más atesoro y recuerdo con más intensidad cada vez que veo la luna, es haber acampado junto al canto de la marea. La paz inundó mi corazón en esas noches.

Segunda parte del mantra, Montañita: Energía, fiesta y olas

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Todo es transitorio, nada es inmutable. Disfruté mis noches tranquilas en Manta porque nuestro siguiente destino era la intensa Montañita, un poblado famoso por sus fiestas de día y de noche y sus buenas olas para surfear.

Verán, en la falta de planeación también está esta parte; así como nos fue de maravilla en Manta, ahí estábamos nosotros, que pocas veces salimos de juerga, en una de las ciudades más parranderas de Sudamérica.

Montañita recibe al viajero con decenas de personas ofreciendo hospedaje, comida y cualquier clase de producto. En su aura hippie también se coló el comercio. Es un paraíso mochilero, una parada casi que obligada para los viajeros que buscan festejar hasta el amanecer.

En Montañita tuvimos dos viajes. En uno nos encontramos con Óscar, un colombiano que estaba vendiendo las arepuelas que le quedaban de lo que había fritado en la mañana. Hincha de Millonarios, uno de los dos equipos de fútbol Bogotá, Óscar fue quien nos dio la bienvenida a Montañita.

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Óscar había aplazado sus estudios de odontología para recorrer el continente y estaba en Montañita desde unas semanas atrás. Él nos explicó cómo se vivía allí y nos llevó a un lugar donde podíamos poner la carpa por US$2,5 la noche, eso sí, compartiendo el espacio con sapos, ratas y una que otra cucaracha.

En el primer viaje compartimos con otros mochileros, intercambiamos historias y nos dedicamos a caminar sin rumbo fijo.

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El segundo viaje comenzó cuando decidimos cambiar de hospedaje tras un par de días sin poder bañarnos. Terminamos en el hostal Centro del Mundo. Nuestro anfitrión, quién parecía muy afín al Ché, nos dio una segunda bienvenida.

En esta ocasión, nos animamos a explorar la vida nocturna de Montañita entre fiestas y un comercio muy, muuuy movido.

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Entramos a varias discotecas sin sentirnos a gusto en ninguna y luego de comer en uno de los tantos restaurantes de la ciudad escuchando música en vivo de una de las bandas locales, terminamos la noche en la arena bailando, tal como lo hice en Manta, al ritmo de la marea.

El viaje debe continuar…

Así pasaron nuestros días en la costa ecuatoriana. Conociendo viajeros que renunciaron a las comodidades de un trabajo estable y se dedicaron a hacer música o fritar arepuelas, descansando a la orilla de la playa adormeciéndome con el sonido de las olas y aprendiendo que la vida en constante movimiento no es una locura, más bien felicidad.

La ruta nos llamaba y debíamos retomar. Próximo destino: Guayaquil.


Continúa el relato: Conectando Guayaquil y Trujillo.


¡Déjame un mensaje más abajo en la parte de comentarios! Estaré encantada de leerte y me motivas a escribir más contenido como este.

Autora del blog de viajes Relatos del Movimiento. Apasionada por las batucadas, la comida y las buenas historias. Sígueme en mi instagram @tatiana.foru

10 comentarios

  1. Roberta
    noviembre 1, 2019

    Muy interesante tu relato, he quedado antojada de disfrutar la vida al máximo

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    1. Tatiana Forero
      noviembre 1, 2019

      ¡Hola, Roberta!
      No te quedes con las ganas de vivir. La valentía para explorar el mundo está en ti.

      ¡Un abrazo!

      Responder
  2. Julieta
    diciembre 22, 2019

    Esta genial el aporte. Saludos.

    Responder
    1. Tatiana Forero
      enero 4, 2020

      ¡Gracias por leerme, Julieta!

      Responder
  3. Aitana
    enero 13, 2020

    Muchas gracias por la información. Gran aporte de esta web. Saludos!

    Responder
    1. Tatiana Forero
      enero 21, 2020

      Qué bueno que sigues la aventura, Aitana.
      Esto me motiva a seguir compartiendo más relatos viajeros. Te espero para que sigamos compartiendo esta ruta.

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  4. Blas Alvaro
    abril 6, 2020

    Gracias por tu aportación. el articulo. Saludos.

    Responder
    1. Tatiana Forero
      abril 16, 2020

      ¡Gracias por leer, Álvaro! Un saludo 🙂

      Responder
  5. Cabrera Lizbeth
    abril 11, 2020

    Muchas gracias por la informacion. Un cordial saludo. Reciba un cordial saludo!

    Responder
    1. Tatiana Forero
      abril 16, 2020

      ¡Qué bueno que te gustó! La aventura continúa 🙂

      Responder

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