La Caminata Sin Brújula: Perdidos en la Cascada de Peguche

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16 de agosto de 2017. Nuestra caminata para encontrar el camping de la Cascada de Peguche se prolongó por horas. La noche caía, nuestros estómagos rugían y el terreno se hacía empinado ¿Cómo terminamos perdidos en el bosque? Quédate que te lo cuento todo.


En el capítulo anterior: Conociendo Otavalo, una ciudad ancestral.


Saliendo del Refugio El Cóndor

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¡Motivada para empezar la caminata!

Bueno, el cuento empieza al salir del Refugio El Cóndor. La idea era llegar a la Cascada de Peguche para armar la carpa y pasar la noche allí.

Preguntamos a la guía del Refugio cuál era el camino para llegar a la Cascada desde ese punto. Ella nos dijo que era «bien facilito», pues solo debíamos seguir el camino de tierra que estaba marcado.

Muy juiciosos seguimos ese camino.

Al principio todo fue diversión y risas. Yo estaba motivada, deambulando entre altos árboles de un verde intenso, y con un extenso valle como telón de fondo.

En cuestión de un parpadeo, estábamos adentrados en una suerte de bosque, donde menos ruido de gente se oía y el sol nos iba mostrando un atardecer memorable.


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Entre pasos y risas, se iban complicando las cosas…

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La oscuridad estaba apareciendo, y el hambre también, pues creo que ni habíamos almorzado entre tanta caminata. Nosotros estábamos ahí, en medio de ese bosque solitario, sin ningún mapa y ninguna señal en el celular.

Pensé «tenemos la carpa, podemos armarla en cualquier lugar y ver al día siguiente cómo podemos salir de ahí».

Sabía que había una carretera bajando la montaña, o eso es lo que nos mostraba a medias el Google Maps, que no nos podía señalar exactamente donde estábamos.

Serían las 6 de la tarde cuando seguíamos caminando. El «único camino de tierra» se había bifurcado en incontables caminos, y el encantador bosque se estaba extendiendo por una ladera cada vez más empinada (de modo la idea de armar la carpa donde sea ya estaba descartada).

Teníamos que bajar sí o sí.

Con todo el peso de las mochilas, y la incomodidad que eso acarreaba para descender, fuimos bajando por lo que parecían las marcas de unas ruedas de bicicleta.

Los desastrosos rastros de la humanidad

Decidimos seguir las marcas de las bicicletas porque seguro llegaríamos a un lugar donde había personas.

Dicho y hecho. Infelizmente, los rastros de basura nos indicaron que personas habían estado allí.

Siguiendo la basura, dimos con unos «barandales» hechos con unas bufandas amarradas entre dos árboles. Nos facilitó bastante el descenso, y nos indicó que finalmente íbamos por el camino correcto.

El sonido del agua corriendo lo confirmó. Avanzamos varios metros más y ¡aleluya! Escuchamos voces de varias personas. Caminamos rápidamente hacia las voces y cuando miramos fue una sorpresa…

¡Estaban aún bastante lejos!

Lo positivo: Sabíamos que ya estábamos cerca a la dichosa Cascada de Peguche.

Con los últimos rayos de luz bajamos lo que nos faltaba. Un gran barranco nos alejaba del terreno plano, pero al final lo conseguimos.

Salvados por la hospitalidad ecuatoriana en la Cascada de Peguche

Íbamos a armar nuestra carpa al lado de otra que estaban desarmando, justo en la rivera. Luego pensamos ¿y si llueve y crece el río, cómo vamos a dormir tranquilos si nos lleva la corriente?

Así que caminamos un poco más, subimos por donde otras personas estaban subiendo y llegamos al área de camping. ¿Acaso sabíamos que estaba tan bien estructurada la Cascada de Peguche?

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Armamos la carpa debajo de unos árboles a la «luz» de la Luna. Teníamos hambre, frío y cansancio. Sin nada que comer y con una cobija nos cubrimos en espera del día siguiente.

Luego de un rato, escuché mucho ruido. Separados por unos arbustos, había una familia acampando y realizando actividades de integración al calor de una fogata.

-Pensé, ¿cómo nos vamos de viaje sin saber cómo prender una fogata para estos casos?-

Diego se quedó cuidando la carpa, y yo me quité la vergüenza y fui hacia ellos. Les pregunté si nos podían compartir un poco de agua -pues ni eso teníamos-.

Muy amables me preguntaron que de dónde venía y que con gusto me ayudaban en lo que necesitara. «El agua está más que suficiente», les dije. Agradecí y volví con Diego.

Tomé un poco de agua, y acurrucada en la carpa tratando de cubrirnos con todo lo que traíamos: la cobija, la toalla, las dos chaquetas, todos los pares de medias, etc., intenté dormir.

Lo conseguí hasta que alguien golpeó la carpa. Con algo de temor, debo confesar, le dije a Diego que abriera la carpa. ¿Quién era?

¡Nuestros vecinos de acampada con un plato caliente de salchichas y papas saladas! Nunca había sentido la solidaridad de este lado, pero que bien se sintió ese ofrecimiento de ayuda inesperada en un momento de necesidad.

Con frío pero con el estómago llenito de hermandad, pasamos una noche larga.

Pero con orgullo digo que sobrevivimos gracias la perseverancia del caminante, la solidaridad ecuatoriana y una dosis de ayuda divina.


La aventura continúa en el próximo capítulo: Del Cotopaxi al Quilotoa en un día.


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Autora del blog de viajes Relatos del Movimiento. Apasionada por las batucadas, la comida y las buenas historias. Sígueme en mi instagram @tatiana.foru

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